El presente trabajo fue realizado con el interés de conocer a fondo y con herramientas de la microsociología, la construcción del espacio y las relaciones sociales que se establecen en un lugar como el Metro de la ciudad de México. Así, el objetivo es llegar a explicar y comprender la forma en que se construye la realidad de los homosexuales cotidianamente: las prácticas que tienen, las reglas de operar, los encuentros con el otro, la reivindicación del espacio y la respuesta social. Todo ello, para dar cuenta de aquello que pareciera que está oculto o que apenas es visible, pero que cuando uno se acerca al objeto de estudio y comienza a construirlo, se da cuenta de que la dimensión espacial, social y temporal en la que se encuentra, es tanto complicada como interesante, y surgen preguntas.
El Metro es un sistema definido por sus propias operaciones funcionales: transportar personas de un lugar determinado hacia otro, como de las operaciones internas: organización social por parte de los usuarios que realizan una trayectoria. Hay entonces, un tipo de autoorganización en la que se reproduce y construye el sistema. Se puede decir que hay una clausura operacional[1] y que por tanto, las relaciones que hay, están condicionadas tanto por el espacio, como por las formas de operar de los individuos. El sistema tiene una estructura compuesta por lo material: vagones, andén, escaleras, pasillo, torniquetes, etc. Los individuos o usuarios también son parte de la estructura, sólo que estos componentes son sui generis: se modifican, cambian, están en constante movimiento. De ahí que el sistema cambie en un contexto económico, cultural, político y social; ello implica considerar al Metro no como sistema totalmente cerrado sino abierto: existe en un entorno, de donde puede ser perturbado y donde existen más sistemas sociales.
De las relaciones en público
En el Metro, los encuentros que tienen los homosexuales están condicionados por la relación del espacio como de la densidad humana que hay en él. Así, es necesario decir que en esta práctica del espacio –en el sentido de Michel De Certeau-, hay un modo de operar que está en movimiento: los homosexuales modifican el espacio, como éste modifica a ellos. Primeramente, hay que analizar como se modifica este espacio. En algunas estaciones en las que observé detenidamente el modo de operar, bastaba con estar en el extremo del andén (en este caso sería la parte opuesta en relación a la dirección del metro), como para ser parte de esa reivindicación espacial de los homosexuales y que se imponía por parte del otro. Es necesaria una distinción en relación al espacio. Si hay una reivindicación, ésta se puede considerar como situacional: “se ponen a disposición del público en forma de bienes reivindicados mientras se usan”[2]. A diferencia de la situacional que es más informal, la reivindicación “fija” suele estar apoyada por la ley y los tribunales. Los ejemplos claros son las casas o terrenos de las personas.
Es necesario analizar esta reivindicación situacional de los homosexuales: ¿cuándo comienza? y ¿cuándo termina la reivindicación si hay un uso temporal: de una ocupación pasajera (horas, minutos o segundos), de un transeúnte que está en movimiento? Colectivamente parece no terminar y pasar de una reivindicación situacional a una reivindicación fija: en cada línea del metro y en cada parte trasera del ultimo vagón, hay una reivindicación que ya no es sólo pasajera, sino que juega entre las dos: su uso puede llegar a ser cotidiano y no ser tan formal: ser definido geográficamente pero sólo cuando se usa. Las líneas de la formalidad y la informalidad son invisibles por lo que es difícil marcar un límite. “Andar es no tener un lugar”[3], significa que no lo asume como propio, que no hay identidad, sólo es situacional.
La “cola” del metro como se le puede denominar para ubicar el último espacio que hay que ocupar del vagón, tiene una práctica espacial que no surgió de la noche a la mañana, sino que fue apropiándose con el tiempo, con la historia. ¿Por qué se reivindicó la “cola” del Metro y no el primer vagón o uno de los de en medio? la respuesta no es tan simple, si bien se puede decir que fue históricamente, sería insuficiente: diría todo y al mismo tiempo nada: la historia no es sustancia, que se pueda aislar y dar una acción concreta, sino que –en términos de Nobert Elias- es una cadena de acciones. Al otro extremo podemos decir que somos nuestro pasado. Si bien esta reivindicación del espacio se ha realizado con el tiempo, no es más que una condición del lugar: como espacio abierto al usuario y con la posibilidad de tener un encuentro anónimo, no hay entre los homosexuales mejor lugar que la parte última del Metro como del andén (según sea la dirección), para realizar un juego de miradas y diálogos entre ellos.
La forma en que se da esta reivindicación espacial, está condicionada por el espacio personal; éste, existe sólo con un modo de operar que analizaremos a continuación: pasar el boleto, atravesar a los torniquetes y dirigirse a un lugar específico para tomar el metro. Hasta aquí, el transeúnte está en una condición pasiva: “autoorganizado de manera automática”. Dirigirse al extremo del andén implica una condición activa: hay una igualdad de expectativas de base: considerar al otro como homosexual, por el hecho de estar en una geografía espacial.
El turno
Llegar al último vagón cuando hay poca frecuencia de usuarios o cuando hay una densidad grande, implica modos distintos de operar para entrar y realizar la trayectoria. Algunas observaciones: cuando hay pocos usuarios, el homosexual espera algunos minutos en el andén y deja pasar el Metro. Las posibilidades pueden ser distintas: sea para esperar a otra persona y talvez comenzar una “aventura”, como también, esperar hasta que el vagón venga completamente lleno; sería una contradicción (en el sentido de que, es mejor viajar cuando viene casi vacío, pues significaría un espacio personal definido y libre), pero ¿para qué querría viajar cuando está casi lleno? la respuesta es simple según algunas entrevistas realizadas: tocar al otro o comenzar una relación. De ello hablaremos más adelante.
El turno no está definido por quien llegue primero al espacio o estar precisamente cerca de la línea amarilla del andén para tomar el Metro, sino que es circunstancial y definido por la autorreferencia del homosexual. Algunos se llegan a sentar y esperar varios minutos en el andén: visualmente evalúa y vigila al otro, como para decidir que viajarán cuando este suba. El turno está definido por la imagen y la no compañía. En lo primero: pasan por una evaluación visual: movimientos, gestos, vestimenta, cuerpo; en sí, fachada. En lo segundo: también depende de la observación: mirar que el otro está acompañado o va solo, implica un impedimento de acercamiento corporal que está definido por la pareja de homosexuales, como de su representación de pareja.
Cuando el andén está un poco lleno, los movimientos cambian: difícilmente se sienta y en lugar de ello, se recarga en la pared a espera del otro. La caza furtiva comienza: evalúa rápidamente a todos los que están en ese espacio del andén y trata de acercarse del otro; también observa, evalúa y examina al que llega a ese espacio y puede modificar su operar según la imagen que vea. Es un juego visual: todos se observan y se desplazan según el otro. En la estación M. A. de Quevedo hay un movimiento distinto en el andén. Cuando el Metro llega (en la mañana normalmente) hay varios usuarios en la parte final del andén: como si esperarán algo… sentados o de pie, hay varias personas que se observan entre ellos y observan además, quién desciende en la estación. Cuando el Metro sigue su curso, comienzan a movilizarse, acercarse y tener algún contacto.
Territorio de posesión
Las características de los territorios del yo que Goffman analiza, son importantes para analizar las relaciones que hay de los homosexuales en el Metro. Así, Goffman dice que si bien en estos (territorios del yo) están definidos por los objetos personales, también hay que incluir a las personas que están a cargo de un reivindicante, pues funcionan como posesiones personales. Se trata de posesión no de propiedad; el control es momentáneo, no definitivo. De manera fáctica, las parejas que llegan al andén y dan esa imagen, tratan de salvaguardar esa representación de pareja; se trata de una posesión que nadie más puede observar y mucho menos tocar. Cada uno juega un papel de posesión personal como de reivindicante. El territorio de posesión implica otro control: reserva de conversación; ésta es más discreta y con ciertas códigos tanto verbales como gestuales.
La reserva de conversación
Es un tipo de control: ¿quién puede llamar a conversar? y ¿cuándo lo puede hacer? se trata de guardar cierta información para que no la escuchen los otros, para que no se enteren de algo que puede incumbir sólo a la pareja. Cuando el Metro va muy lleno, las pláticas son muy cerradas y apenas se cruzan algunas palabras. Hay una reserva de información. Cuando el andén está un poco vacío, la reserva de conversación puede darse sin ninguna presión por la presencia del otro, implica con ello, un comportamiento más espontáneo y libre: se pueden mover a otros lados para tener más espacio personal. Estos casos se dan en una pareja que viaja, pero ¿qué pasa con aquellos que en su anonimato, nunca han cruzado una palabra? ¿cómo se reserva la conversación? la respuesta tiene dos posibilidades: cuando están en el andén llegan a conversar rápidamente, pero cuando van en el Metro y quieren comenzar una conversación, la situación es distinta: se cruzan miradas entre los implicados y uno de los dos se dirige a la puerta (como una señal), para que en la siguiente estación baje el otro y así tener una conversación. El actuante tiene que ser sensible a las insinuaciones y captarlas inmediatamente, pues a través de ellas tiene que interpretar de la mejor manera su actuar consigo mismo como la respuesta del otro.
La forma en que se lleva cabo una reivindicación es mediante las señales; éstas pueden ser de distintos tipos. En las parejas de homosexuales, las señales significan tanto compañía: que establecen quién está en compañía de quién; como posesión: según sean los interesados de definir su objeto o su sujeto...
¿Qué agrede la reivindicación de los territorios del yo? todo aquello que se considera una infracción: en el Metro, el cuerpo y todas sus segmentaciones como las manos, pueden significar una intrusión hacia el otro; pueden manchar, tanto el envoltorio como posesiones. “El sexo se considera la parte más pudenda que puede manchar”[4] es impensable por ello, que alguien toque el cuerpo del otro, tanto por pudor como por respeto.
Algunos homosexuales observan detenidamente a las personas con las que tienen algún interés: es una penetración visual que responde tanto a sus prácticas como a una evaluación parcial de cada uno de los movimientos que pueda realizar el otro. Esta penetración visual puede considerarse una infracción para las personas que no son homosexuales; pero tal vez no lo es, para aquellos que saben que los observan con algún sentido distinto al mirar con direcciones múltiples, sino con el objeto de cruzar miradas y comenzar un tipo de juego, un encuentro.
Otra modalidad de infracción es la corporal y algunas de sus dimensiones se manifiestan no sólo en la “cola” del Metro, sino en la gran mayoría de los vagones: están las que vienen de los olores: en un lugar cerrado y cuando no hay posibilidad de tener un espacio personal amplio y libre, por lo que en horas pico la frecuencia es muy densa y el olor del que va junto a ti puede ser nauseabundo, funcionan a distancia: “olores de los que forman parte el flato, el mal aliento y los olores corporales”[5]. Hay momentos en que esta infracción no se puede interrumpir: el olor queda aún cuando el agente se haya retirado. Otro tipo de infracción es el calor corporal: en un lugar hacinado de gente, el cuerpo comienza a sudar para nivelar su temperatura y se manifiesta en una temperatura alta o con sudor en la frente, axilas, espalda o pecho. Cuando el Metro va completamente lleno, tocar al otro y sentir su temperatura, puede resultar una infracción. Un ejemplo más cotidiano: cuando alguien deja un asiento e inmediatamente otra persona lo ocupa y siente el calor que ha dejado, puede resultarle incomodo; esto pasa no sólo en el metro, sino en el microbús, taxis, autobús, hasta en la casa: en las sillas, sillones o en la propia cama.
Según Goffman, en la sociedad occidental parece que los codos y la parte superior de la espalda tienen poca capacidad para contaminar y los órganos sexuales mucho. Esto se manifiesta en todo el Metro: los codos sirven para definir tu espacio personal, para distanciarte del otro cuando va junto a ti; en la “cola” del Metro pasa lo contrario: los homosexuales llevan las manos abajo o en cima de algún objeto que carguen: mochila, bolsa, portafolio, etc. y no hacen la flexión del brazo para distanciarse del otro, sino que tocan sus partes intimas cuando hay mucha gente, “buscan un arrimón” y, conforme avanza la noche y hay una ausencia casi total de usuarios, llegan a masturbarse o tener sexo oral. Tenemos un relato de Gerardo, un joven de 22 años:
"A altas horas de la noche, como el vagón va casi vacío, es probable que si conoces a alguien ahí, haya un encuentro sexual. He visto que hay gente que de plano tiene relaciones ahí o se hacen sexo oral; o simplemente se piden sus teléfonos. En horas pico el último vagón está repleto de hombres que a veces se van toqueteando o se masturban en presencia de los demás". Sin embargo, expresa, hay personas que pasan el límite y hay desprestigio para la comunidad. "Para muchos gays es sólo una manera de divertirse, ¡imagínate la adrenalina de hacerlo en un lugar público y con gente!".[6]
Las normas internas del sistema del Metro son muy claras: “si alguien te acosa moral o físicamente, denúncialo rápidamente a un policía”[7]. Para los homosexuales iría contra las reglas del juego denunciarlo, siempre y cuando, no acepte al otro, se le podría considerar un acoso. Hace tiempo observé como un usuario joven le tocaba el trasero a otro, esto significa que el roce, el manoseo y el tocar el cuerpo del otro, no significa una intrusión completa: no hay agresión por parte del otro; cuando hay rechazo, éste no está definido por la dimensión del acto, sino de la interacción con el entorno y la temporalidad: hay un desplazamiento y reacomodo de los usuarios cuando el Metro llega a la estación, una separación de los cuerpos. Como también está determinado por las reglas que hay en los grupos: si el otro acepta, es por que se considera del grupo o al menos tiene una primera experiencia para sentirse aceptado o rechazado, pero esto es sólo autorreferencial.
El arte de manejar las impresiones
Los homosexuales en el Metro no están representados sólo por aquellos que tengan ciertos atributos, sino por todo el contexto en que actúan. Los atributos son manifestaciones sea físicas o cognitivas. El homosexual trata de salvaguardar su representación mediante prácticas defensivas; éstas son muy significativas e importantes en los usuarios para la definición del grupo. En la “cola” del metro hay cierta lealtad dramática: “los miembros deben actuar como si hubieran aceptado ciertas obligaciones morales”[8]. Los homosexuales como grupo no se traicionan entre ellos, es decir, no gritan cuando alguien tiene un encuentro en el Metro ni se dejan llevar por sus principios o la falta de discreción; sino que se mantiene en secreto. Además llegan a aceptar y convencerse de sus papeles menores en cualquier estación de toda la red: Insurgentes, Constitución de 1917, Indios Verdes, etc., siempre, claro, que no se vea dañada su imagen, su dignidad o su persona.
La relación del actuante con el auditorio está determinada: el transitar por el Metro significa no tener una relación afectual, pues el anonimato incipiente y la cantidad de usuarios implica no volver a ver al otro, tal vez nunca más en la vida. El homosexual es un actuante disciplinado, autocontrolado, con suficiente equilibrio y serenidad: “puede pasar de lugares privados informales a lugares públicos de diversos grados de formalidad, sin que dichos cambios lo perturben o lo desorienten”[9]. El homosexual tiene que adaptar su actuación, de acuerdo al equipo, al auditorio y al contexto en que se encuentra.
La información es casi nula, pues no conoces al otro: la interacción es completamente anónima, por lo tanto, el manejo de la fachada se mantendrá en un rígido control: lo único que observan son signos y el modo de operar del otro. El auditorio (representado por aquellos que no son homosexuales) en cambio, si observan ciertos atributos que considera “raros”, “anormales” o “desviados” lo tipifica inmediatamente de homosexual y según la dimensión de esta tipificación[10] es como será la respuesta: una desviación de la mirada, una exclamación de asco o ya en el extremo, una agresión física hacia los homosexuales. Aun así, el actuante tiene poca información sobre su auditorio, llega a saber que en el contexto social, cultural e histórico en el que se encuentra puede ser parte de una discriminación, rechazo o una represión externa.
El lugar del Metro que han reivindicado situacionalmente los homosexuales, no es completamente de jóvenes sino que está abierto, es decir, se pueden encontrar personas mayores de edad, que por su fachada deducirías que son adultos, casados o hasta de la tercera edad[11].
Si en la vida cotidiana no es cuestionable su status social, en el Metro hay cierta disrupción: hay una doble contingencia de su actuación en el medio externo y de la actuación en el medio interno, que no es completamente congruente y no tienen que presentarse signos o atributos homosexuales, pues en su arte de manejar las impresiones deben mostrar una fachada personal elaborada y minuciosa ante individuos que son extraños, por tanto, el actuar debe ser rápido y no hay más que apariencias e impresiones que se observan e interpretan.
Alfred Schutz, analiza cuatro reinos de la realidad social, que se “distinguen por su inmediatez (el grado en que las situaciones están al alcance del actor) y determinabilidad (el grado en que el autor puede controlar esas situaciones)”[12]. Ahora sólo nos ocuparemos de dos: el Umwelt y las relaciones-nosotros, y el Mitweit y las relaciones-ellos. Esto nos sirve para analizar las relaciones que se llegan a establecer en el Metro.
Umwelt
Estas son relaciones cara-a-cara. Hay un grado de intimidad y se halla implicado en la biografía del otro, en el tú. Estas relaciones son personales e inmediatas, pero se construyen en un proceso continuo mediante la interacción; en ésta interacción se aprehenden recetas de acción que modifican y utilizan, según sean adecuadas y efectivas. Y: tiene mucho en relación con el arte de las impresiones de Goffman, pues cuando una pareja de homosexuales quieren salvaguardar su representación, no hacen más que seguir recetas de acción y que cambian según hayan cometido alguna disrupción o que el auditorio, lejos de mostrar uso de tacto para protegerlos, se muestre transgresor.
Mitweit
En este tipo de relaciones-ellos son anónimas e impersonales: las personas que se encuentran en el metro por segunda vez, disminuyen el anonimato y si con frecuencia se vuelven a encontrar, pasa a ser una relación cara-a-cara (Umwelt). Aumenta el anonimato cuando conoces a individuos no como individuos concretos, sino como posiciones y roles. Aquí, están todos aquellos que limpian, componen o dan mantenimiento a vagones y mecánica en general del Metro, pero que, no conocemos personalmente. El anonimato aumenta cuando analizamos la organización del metro: es imposible conocer al usuario como colectividad, pues sólo pasa, su direccionalidad es impredecible. No se establece una relación cara-a-cara por el mismo grado de anonimato e impersonalidad; no puedes llegar a pensar lo que el otro piensa, aunque “en las relaciones-ellos y las acciones de las personas se rigen por tipificaciones anónimas”[13].
Al anonimato es necesario dedicarle un poco de espacio en el ensayo. El Metro puede considerarse -según Marc Augé-, un “no lugar”[14]. En ellos hay una circulación de personas como de bienes aceleradamente y no representa ningún espacio de identidad. En los no lugares hay una individualización solitaria, se crea una especie de contractualidad (de manera informal), de la cual, se reconoce en el otro una organización similar a la de uno, sin rebasar el espacio personal. Crea soledad y similitud. De ahí que no se conoce nada del otro: puede ser un asesino o un altruista, aún así, pasa. Como sistema abierto puede recibir cualquier componente del entorno, pero al introducirse se acopla estructuralmente y mantiene al sistema, pues la organización interna se reproduce y se transforma, claro, al mismo tiempo que cambian las estructuras (tanto físicas, como morales).
El estigma
Los homosexuales son estigmatizados tanto por los usuarios como por las autoridades del sistema del Metro. El estigma es un rechazo a la aceptación social. Hoy en día, el estigma significa no sólo el tener un atributo sino un mal en sí mismo y no es más que tipificado socialmente: se crea mediante un "lenguaje de relaciones, no de atributos"[15]. Podemos encontrar dos condiciones en el estigma: el desacreditado, en el que se estigmatizan al individuo y representan los defectos como la homosexualidad, pasiones tiránicas, creencias religiosas, etc. y el desacreditable, que no se diferencia mucho del primero, pues el estigmatizado puede estar en ambas situaciones. Todo depende de la condición del grupo pertenencia.
En el Metro, la violencia hacia los homosexuales responde socialmente: la cultura machista en las que se construye el individuo, es un determinante para mostrar repulsión hacia aquellos que no son "normales", es decir, para aquellos que se apartan de las expectativas de los otros, pero ¿en relación a qué de le considera normal? y ¿a quién?. También en la religión: los católicos consideran "antinaturales" a los homosexuales. Se forma así, una teoría del estigma, que puede tener síntomas de ideología en el sentido de "explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representa esa persona"[16]. El estigma puede estar compuesto o puede ser causa a distintos niveles: innato, familiar, social o comunidad alienada. En cada uno, hay especificidades. Este rechazo, es canalizado en violencia verbal por parte de los usuarios, personal de limpieza o policías que tratan de sacar a los homosexuales por realizan algo que se considera “indebido”: abrazarse, besarse o caminar de la mano. Les dicen que se aparten, que es un lugar público, de paso, no un lugar para hacer sus prácticas. El problema es moral: se espera que los usuarios (en esta caso, que los hombres) deban ser de tal modo y no de otro, el problema es cuando en realidad el individuo está muy lejos de lo que debería; éste deber ser, no existe de forma pura, sino que es presupuesto: cuando surgen expectativas de una persona y se cumplen, se esperan más. Son además –en términos de Foucault- dispositivos discursivos que se imponen y son específicos históricamente.
El estigmatizado en cambio, asume y acepta vagamente su condición de homosexual; para ello legitima un espacio en el último vagón del Metro como centro donde el reconocimiento mutuo es aceptado tanto por sí mismo, como por el otro. Los "contactos mixtos"[17] pueden llegar a canalizarse en violencia física o verbal.
En un encuentro mixto, tanto normal como estigmatizado tienen que hacer un esfuerzo por adaptación, "se enfrentan directamente las causas y los efectos del estigma"[18]. El homosexual por su parte, trata de prever los contactos agresivos y de evitarlos. El “normal” manifiesta su enojo e incomodidad. Aun así, la contingencia en la que se encuentra el estigmatizado es doble: no sabe cómo puede ser categorizado por la imagen que da, como también por las expectativas del otro como para aceptarlo o rechazarlo. De ahí que el anonimato y la poca información que tiene el otro, es decisiva para su actuar: "las situaciones sociales mixtas tienden a una interacción incontrolablemente ansiosa"[19].
Se puede percibir la interacción con natural malestar por parte del estigmatizado, pues tiene prenociones y llegar a interpretar y significar algo que en realidad no se le está aduciendo. Asumen además, una <<normalización>> por la condición en la que se encuentra en la interacción: "es el esfuerzo que realiza el individuo estigmatizado para presentarse a sí mismo como un persona corriente, aunque no oculte necesariamente su defecto"[20].
[1] El término clausura operacional, es propiamente de Francisco Varela. Lo transporté de la Biología a la Sociología para caracterizar al sistema del Metro, lo que no significa que es un sistema vivo sino social. Varela lo utiliza para dar cuenta en los sistemas vivos como “operación al interior de un espacio de transformaciones, como es habitual en matemáticas, y no, por cierto, como sinónimo de cerrazón o ausencia de interacción, lo que sería absurdo. Lo que interesa es caracterizar una nueva forma de interacción mediado por la autonomía del sistema”. Véase Maturana R., Humberto y Francisco Varela G. De máquinas y seres vivos, Autopoiésis: la organización de lo vivo, Argentina, Lumen, 2004, pp. 53-54.
[2]Goffman, Erving, "Los territorios del yo", en Relaciones en público. Macroestudios del orden público, España, Alianza Editorial, p. 47.
[3]De Certeau, Michel, La invención de lo cotidiano, 1 Artes de hacer. México, Universidad Iberoamericna, p. 116.
[4]Ibid, p. 62.
[5]Ibid, p. 64.
[6]Entrevista realizada a varios jóvenes por Ricardo Cruz, en El Universal, México, 25 de marzo 2007.
[7]En el Metro de la ciudad de México, la extorsión está organizada no sólo por parte de aquel que quiere cometer algún acto sino también por los policías: en Mayo pasado, el hermano de Jesús Raúl Anaya Rosique, después de viajar semidormido, y a la salida del vagón, fue acusado con el policía por una mujer porque según le había tocado las piernas. El policía pidió por su parte 10 mil pesos, pero él se negó y fue trasladado a la agencia del Ministerio Público 50-C, que se encuentra en las afueras de la estación del Metro Martín Carrera; ante el acto, sufrió un paro cardiaco y fue trasladado al hospital. Con la denuncia, claro, por el “delito de abuso sexual gravado”. La mujer ha desaparecido, mientras que la víctima ha pasado de un sueño a una pesadilla que no termina y que seguro no terminará mientras exista la posibilidad de que, cuando uno viaje en Metro alguien lo esté observando sin que uno se de cuenta. Se pueden revisar más detalles en la columna “Ciudad Perdida” de Miguel Ángel Velásquez, en La Jornada, México, lunes 14 de mayo 2007.
[8]Goffman, Irving, La presentación de la persona en la vida cotidiana, Argentina, Amorrortu, p. 227.
[9]Goffman, Irving, Ibid., p. 232.
[10]La tipificación es un constructo de primer orden que realizan las personas en la vida cotidiana. Se centra sólo en características genéricas y homogéneas. Son preconstruidas y derivadas de la sociedad. El lenguaje es el medio tipificador par excellence. Véase Ritzer, George, “Alfred Schutz”, en Teoría sociológica clásica, Cáp. 13, p. 510.
[11]Se puede decir que hay un cambio de identidad de las personas adultas, pero hay que aclarar algo: la fachada no puede representar ningún atributo de desviado o estigmatizado, pues no puede manifestar ningún síntoma, señal o apariencia de homosexual; aún así, no se sabe nada de los homosexuales: ni pasado ni su forma de vida, por lo que sería arriesgado decir que hay cambio de identidad, cuando en realidad es anónimo. Imaginemos que no muestra ningún atributo, pero que comete algún acto desviado. El haber cometido un acto prohibido y descubierto públicamente le otorga un nuevo status, pues no es, lo que normalmente tiene que ser. H. S. Becker utiliza las distinciones de Hughes para dar cuenta del status: “pueden considerárseles deseados y deseables, señalando que uno puede tener las calificaciones formales para entrar en un cierto status, pero se le puede negar una entrada completa debido a la carencia de los rasgos auxiliares adecuados”. Véase Becker, Howard, Los extraños. Sociología de la desviación, Tiempos contemporáneos. pp. 39-40.
[12]Ritzer, George, Op. Cit, p. 116.
[13]Ritzer, George, Ibid, p. 521.
[14]Marc, Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato, España, Gedisa, 2005, pp. 81-118.
[15]Goffman, Irving, Estigma. La identidad deteriorada, Argentina, Amorrortu, p. 13.
[16]Ibid, p. 15.
[17]Son los momentos en que “estigmatizados y normales se hayan en una misma <<situación social>>, vale decir, cuando existe una presencia física inmediata de ambos, ya sea en el transcurso de una conversación o en la simple copresencia física”. Ibid, p. 23.
[18]Goffman, Irving, Op. Cit, p. 25.
[19]Ibid, pp. 27-28.
[20]Ibid, p. 44.
Becker, Howard. Los extraños. Sociología de la desviación, Tiempos
contemporáneos. pp. 13-77.
Certeau De, Michel, La invención de lo cotidiano. 1 Artes de hacer. México, Uni.
Iberoamericna, 2000, pp.103-142.
Goffman, Erving, “Los territorios del yo”, en Relaciones en público.
Macroestudios del orden público, España, Alianza Editorial, p. 46-77.
--------------------, La presentación de la persona en la vida cotidiana,
Argentina, Amorrortu, pp. 11-87, 223-271.
--------------------, Estigma. La identidad deteriorada, Argentina, Amorrortu,
pp. 7-55.
Marc, Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato, España, Gedisa, 2005, pp.
81-118.
Ritzer, George, “Alfred Schutz”, en Teoría sociológica clásica, Cáp. 13, pp.
499-526.