Portada

Prólogo
Relatos de indigencia trashumante

El indigente trashumante
María Reyna Carretero Rangel

Crónicas de indigencia urbana
César Ricardo García Razo

El hogar de los errabundos: el no-lugar
Yara Salgado Martínez

Nombres carentes de cuerpos,
rostros carentes de nombres

Andrés Álvarez Elizalde

La responsabilidad de con-sentir
Jorge Cardiel Herrera

La migración al entorno virtual.
En busca de la existencia a través del Otro

Erick Serna Luna

Emigrantes, vagabundos,
traficantes de nubes

Héctor Odin Hernández Ortiz

Lastre Cero: del nomadismo impuesto a la posibilidad de la comunidad nómada
Sergio Padilla Oñate

Hacia una trashumancia sin indigencia
María Reyna Carretero Rangel

Notas de viaje. Entre el silencio
poético y la reverberación teórica

Oswaldo Casasola González

Bibliografía Compartida

La migración al entorno virtual. En busca de la existencia a través del otro

 Erick Serna Luna 

 

El instinto social de los hombres nos se basa en

el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad

 Schopenhauer

 

A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto:

que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco.

Moliere

 

         La migración es un proceso inherente de la humanidad. Podríamos girar nuestra mirada a los anales históricos del tiempo humano; desde la prehistoria hasta la época contemporánea, y notaríamos que siempre han existido procesos migratorios. Los cuales han tenido múltiples causalidades que impulsan a los habitantes de un espacio social específico a cambiar su lugar de residencia, su espacio social y con ello, a transformar su modus vivendi. Las guerras, las conquistas de nuevos territorios, el hambre, los desastres naturales que borran lugares del mapa, las dictaduras que desembocan en persecuciones políticas, etc. Todos estos factores han sido causas que han desterrado a millones de personas de sus lugares originarios. De tal forma que han procreado la condición humana que hoy conocemos como: migrante. Que no es otra cosa que una persona que es expulsada de su entorno social originario, a quien se le despoja de su territorio, o bien a quien la sombra del hambre le obliga a buscar el sustento en otro lugar. Es entonces que podemos decir que el migrante es un sujeto que busca sobrevivir, el motor de su migración es la supervivencia.

         Esta es la visión clásica desde la cual se ha abordado el fenómeno de la migración, en la cual se apoyan la mayoría de estudios académicos sobre dicho fenómeno. Empero, ésta visión no nos da cuenta de otro tipo de migración, una migración que un sin fin de personas gestan cotidianamente, tan cotidianamente que quizá haya logrado escapar de nuestra perspectiva sociológica.[1] 

         Este tipo de migración tiene como motor causal, no la búsqueda de la sobrevivencia, sino algo que le antecede: la búsqueda de la existencia. Al hablar de “búsqueda de la existencia” estamos haciendo referencia a que existe algo más allá de nuestro ser que nos permite constituir y ser conscientes de nuestra propia existencia. Lo cual nos lleva a plantear la noción de que es gracias a eso “más allá”, a esa otredad, que nosotros existimos. Así, reemplazamos la noción del ergo cogito sum (pienso luego existo); en la cual la existencia radica en la propia conciencia de sí a través del pensamiento, una conciencia construida a partir de la propia individualidad de la persona.

         Esta concepción individualista de la existencia, anula totalmente la referencia de la otredad y su vital importancia para la concepción propia de la existencia, la construcción del self  (el sí mismo). A la luz de la inspiración obtenida por las ideas de Levinas[2], Bataille[3] y de la noción del interaccionismo simbólico de Mead[4], buscamos rescatar y resaltar la importancia del otro en la construcción de nuestra existencia. Dando así un vuelco a la perspectiva occidental contemporánea que concibe al “otro” como una amenaza latente para nuestra seguridad, un extraño, la materialización del horror, de lo desconocido. De la cual se pretende huir a través de la anulación de ese otro; la que  consiste en el silenciar al otro, en el no verle, en el rehuirle, en hacerlo anónimo, y con lo cual logramos anular su existencia. Sin embargo, no nos hemos detenido a analizar que con la anulación de la existencia de  ese otro, estamos al mismo tiempo anulando nuestra propia existencia. Pues la noción de lo que yo soy, mi self, se construye gracias a la referencia del otro; ya sea por diferenciación o identificación con esa otredad.

         Más allá de lo que nosotros dentro de nuestro discurso podamos decir en torno a la existencia y su generación gracias a la referencia del otro; coexiste la noción contraria que apunta a concebir a todo lo otro como algo ajeno, extraño, o bien como un igual indiferente para mí. Es en cierta medida esa concepción hobbesiana del siglo XVIII en la que el ser humano es belicoso por naturaleza, naturaleza que impide una sana convivencia social sin la intervención del Estado; o bien, es la perspectiva de que el otro, es un igual a mí en el sentido de que él también es un firmante del contrato social, el cual le obliga a respetarme y yo a su vez debo de respetarle, para cumplir así con el pacto simbólicamente firmado. O bien, en última instancia, es tan sólo un punto más dentro de mi amplio campo visual, un punto muchas veces insignificante y que no merece ni la mínima atención de mi parte.

         Esta noción minimizante y anuladora de la otredad, ha constituido la forma de relacionarnos socialmente dentro de la sociedad urbana moderna. Estas formas de relacionarnos en los espacios de la ciudad, fueron identificadas en un primer momento por Baudelaire en algunos de sus poemas del Spleen de París,[5]  en algunos de los ensayos de Simmel[6] referentes a la urbanidad de Berlín, sin dejar de mencionar el tristemente bello cuento corto de Chejov “La Tristeza”[7]; una muestra breve, pero punzante, de la soledad que impera en la sociedad moderna. Estas manifestaciones literarias y sociológicas del siglo XIX, muestran la emergencia de la soledad como un sentimiento colectivo, del silencio como una constante que flota en el ambiente social, del anonimato como una forma de relación entre los urbanitas. Pero también muestran una gran ironía, pues esa soledad se siente dentro de las ciudades que están llenas de gente por doquier, esos clamores se ahogan en el silencio, habiendo tantos oídos a su derredor. En la ciudad, la colectividad se constituye gracias a pequeños guetos personales. Y como diría Simmel: “...la cercanía y la estrechez corporal hacen tanto más visible la distancia espiritual...”, en donde la proximidad física no corresponde a la proximidad social entre las personas.

         Esta idea es recuperada por Bauman (él recupera a Simmel), explicada notablemente cuando nos habla de la destrucción de los núcleos colectivos dentro de los cuales el individuo construía no sólo su identidad, sino también su noción de seguridad[8] y que ha llevado a construir dentro del individuo un deterioro en cuanto al número de sus relaciones sociales significativas, es decir al número de sus interacciones[9]. Pues dentro de la vida urbana se ha incrementado el roce con más individuos, lo cual nos llevaría a pensar que las interacciones sociales crecerían en razón del aumento de las posibilidades de contactos sociales para la persona; sin embargo, como hemos mencionado, la proximidad física no ha correspondido en realidad con una proximidad social, pues al diluirse la noción de una colectividad estable y propia de la persona, ha aumentado la percepción de ver a todos los otros como al ajeno y extraño. En donde al percibir al otro como un extraño, significa que ese otro es un sinónimo de lo desconocido, y lo desconocido despierta en la persona una noción de peligro o bien de ansiedad por develar la máscara de lo desconocido. 

         “Surge una situación totalmente nueva al romperse la coordinación entre proximidad física y social/cognitiva. Los forasteros aparecen físicamente dentro de los confines del mundo en el que viven”[10]. Es así que todos somos forasteros, tanto el otro como nosotros mismos; viajeros que nos desplazamos influidos por la dinámica moderna del movimiento constante, escapando de la sombra de lo antiguo con rumbo a la constante “novedad”; migrantes urbanos.

Es por eso que optamos por la relación entre extraño-peligro, es entonces por está razón de percibirnos como forasteros, que desarrollamos la habilidad social del desencuentro, ocultándonos de las miradas, evitando de tal suerte cualquier posible contacto social con ese otro que se nos presenta como un extraño. Desarrollando así “el arte del desencuentro”[11] o bien lo que Goffman denominaría como “indiferencia cortés”. Así hemos llevado la vida dentro de las urbes, caracterizando nuestra relación social con los otros con la antipatía, el rechazo y la indiferencia. En aras de preservar nuestra frágil “seguridad ontológica”, al evitar cualquier contacto con lo desconocido. Y tal vez haya cierta lógica al respecto, pues el tener una amplia gama de posibilidades de contactos sociales, no significa que debamos entablar una interacción con cada uno de ellos, esto sería imposible. Sin embargo, con el desarrollo del desencuentro social, optamos por el extremo opuesto que es la total indolencia hacia el otro.

Siguiendo a Kant, es cierto que el ser humano tiene dentro de su naturaleza una parte que busca la sociabilidad y por otro lado una parte que busca cierto aislamiento o insociabilidad[12]; sin embargo, contemporáneamente, consciente o inconscientemente, se ha cargado dicha naturaleza por la parte insociable del ser humano. Característica que se muestra dentro de las relaciones sociales dentro del espacio urbano, y es en razón de dicho desequilibrio dentro de la naturaleza humana, que la persona busca un nuevo espacio donde pueda desarrollar lazos sociales de colectividad que le permitan identificarse, adquirir seguridad, pero más importante aún, buscar una otredad mediante la cual poder existir. Es en razón de esta necesidad que algunas personas migran hacia otro entorno social, en donde puedan lograr encontrar esa otredad que se le ha negado dentro de los espacios urbanos.

          Dentro de los límites del siglo XX y los nacientes linderos del siglo XXI, el entorno virtual se ha presentado como un punto de fuga que le ha permitido a muchas personas el encontrar esa colectividad dentro de la cual poder sentirse seguros e identificados. El espacio social virtual ha emergido para muchos como una posibilidad de existir que les había sido negada dentro del contexto urbano. Han encontrado las interacciones que les permiten conformar y construir su identidad más allá de la necesidad de la presencia física del otro.

         Es así, que sin duda alguna una de las nuevas manifestaciones del nomadismo moderno, apunta hacia la completa colonización del espacio virtual y a su consolidación como un espacio social. Un flujo migratorio que se da en varios momentos de un día cotidiano, que busca satisfacer el deseo de tener “otro lugar” en el cual poder existir para sí mismo y  existir para otros.[13] Dentro de un contexto humano artificial, una tercera realidad o como diría Echeverría: un tercer entorno.[14] 

Aunque antes de hablar de lleno sobre la experiencia de la persona en su migración hacia este entorno virtual, conviene realizar algunas presiones que eviten posteriores confusiones o posibles generalidades que no correspondan a lo que intentamos plantear con nuestras ideas.

         En primera instancia, debemos de aclarar que en el espacio virtual se pueden desarrollar un sin fin de relaciones y actividades sociales, que no necesariamente implican el desarrollar lazos sociales de colectividad dentro del espacio virtual. El ciberespacio ofrece un sin fin de posibilidades que quizá sean inagotables[15], y una de estas posibilidades es la de encontrar o construir colectividades significativas para la persona; colectividades que le permitan sentirse existentes para otros como para sí mismo.

         Otro aspecto importante que debemos de señalar, es el hecho de que la persona que emprende el viaje migratorio hacia el ciberespacio en busca de una colectividad a la cual pertenecer, no puede ser identificada como en los procesos migratorios convencionales, a través de un sexo específico, nacionalidad, etnia, condición social, edad o género. Y es que la diferencia radica en que el motivo por el cual la persona migra hacia el ciberespacio, no está en razón de mejorar su vida (sea en lo económico, en mejorar su estatus, escapar de la amenaza mortífera de la guerra, etc.), sino que su motivo fundamental es el de encontrar la vida, la existencia. Es entonces que la condición del migrante virtual es una condición humana, difícilmente identificable a simple vista por carecer de una referencia físico-territorial específica. Aunque bien podríamos hablar de que existe una cierta condicionante que nos podría brindar una especie de “tipo ideal” que caracteriza al migrante virtual:                 


 

[1] Con ello no queremos decir que no es importante el análisis de los millones de personas que son expulsadas día con día a causa de los horrores de la guerra. O el caso de los miles de refugiados que buscan un nuevo hogar en donde vivir, pues el suyo fue arrasado por un huracán, o destruido por terremoto. Sino que queremos enfatizar en éste ensayo que existe otra manifestación del fenómeno de la migración.

[2] Levinas Emmanuel, El humanismo del Otro Hombre, México, Siglo XXI, 2006.

[3] Bataille, Georges. El erotismo, Barcelona, Tusquets, 1992.

[4] Mead, George Herbert, Espirítu, Persona y Sociedad,  México, Paidós, 1990.

[5] Baudelaire, Charles, El spleen de París,  México, FCE, 2002.

[6] Simmel George, “Las grandes urbes y la vida del espíritu”, en El individuo y la libertad. Ensayos de crítica a la cultura, Península, España, 1986.

[7] Chejov, Antón, La Tristeza en Revista de literatura “La máquina del tiempo”, http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/chejov02.htm.

[8] Bauman, Zygmunt, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Madrid, Siglo XXI, 2003.

[9] A riesgo de equivocarnos, debemos de aclarar, que para nosotros existe una gran diferencia entre lo que significa una relación social y una interacción social. En la primera, se busca  cumplir satisfactoriamente con un rol social específico; en donde los individuos se comprometen entre sí, en aras de cumplir satisfactoriamente con los roles sociales, con las expectativas determinadas dentro del espacio donde se realiza la relación. Por ejemplo, la relación entre alumno y maestro, la relación entre chofer y pasajero, etc. Desde una perspectiva goffmaniana, sólo nos encargamos de actuar bajo las premisas del guión social previamente establecido. En cambio, una interacción social, tiene repercusiones para la conformación del self de las personas, pues se pone en juego el yo de los interactuantes a través del mí proyectado al otro. Ésta referencia del mí hacia el otro, constituye en gran medida la conformación e enriquecimiento del yo. Es así, que la interacción, no sólo es una relación, sino que es también una forma de constituir y construir la existencia de lo que soy y de lo que seré.  A lo largo de un día cotidiano, una persona puede tener un sin fin de relaciones sociales, sin embargo pocas de ellas tienen el carácter de ser interacciones significativas para su self.

[10] Bauman, Zygmunt, Comunidad..., Op. Cit., p. 173.

[11] Bauman, Zygmunt, Ética Posmoderna,  México, Siglo XXI, 2005, pp. 176-177.

[12] Bilbeny, Norbert, La revolución en la etica. Hábitos y creencias en la sociedad digital, España, Anagrama, 1997,  p. 165.

[13] Maffesoli, Michael, El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos, México, FCE, 2004, pp. 26-28.

[14] Echeverría, Javier, Los señores del aire: Telépolis y el Tercer entorno,  Barcelona, Destino,  1999, pp. 65-66.

[15] Al respecto de las otras posibilidades que ofrece el ciberespacio, se sugiere consultar: Castells, Manuel, La galaxia de Internet, Madrid, Areté, 2001.

 

 

Es una persona que busca una identificación que no tiene en su realidad cotidiana de interacciones cara a cara, por lo cual podemos decir que carece de colectividad. Puede ser una persona que, llevada por la corriente del intenso trajín de las actividades cotidianas (trabajo, escuela, viajes, etc.), no cuenta con un espacio colectivo con el cual sentirse identificado. O bien, se puede tratar de una persona que carga con un estigma corpóreo o social (nerds, discapacitados, divorciados, homosexuales, etc.)[16], a la cual, el ciberespacio por ser un lugar que no requiere la presencia física como condicionante de la interacción social, se  presenta como una alternativa de interacción, que le permite olvidar los estigmas que muchas veces limitan las interacciones con el otro en la realidad cotidiana del cara a cara.

         Asimismo y para cerrar estas precisiones, debemos de mencionar que existen dos posturas respecto al uso de las interacciones en el espacio virtual, así como sus repercusiones sociales para la persona.

         La primera postura, critica el uso de las interacciones virtuales, pues desde su perspectiva, se argumenta que las formas de interacción virtual deterioran las relaciones cara a cara, fomentando así el hacinamiento y la individualización de la sociedad.

         La segunda se muestra más entusiasta respecto al uso de las interacciones virtuales, pues estrecha lazos sociales que la distancia pretende diluir y sirve como punto de partida de posibles interacciones cara a cara fuera del espacio virtual. En vez de alejar a las personas, las interacciones virtuales unen a las personas, más allá de las distancias territoriales o sociales.[17]   

         Y aunque antagónicas, las dos posturas conviven en la realidad virtual. Pues al ser Internet un espacio social maleable, éste puede ser modificado por las personas a fin de satisfacer sus deseos y necesidades. Es así como podemos encontrar dentro del espacio social virtual a personas que, seducidas por la magia del ciberespacio y encantados con su amplia gama de posibilidades de representar “otro yo”, o bien de encontrar aquella comunidad con la cual por fin sentirse identificados, viven enajenados dentro de esa realidad virtual que han logrado construir y creen que esa realidad virtual es su vida, encuentran en ella el sentido de su existencia. Este tipo de personas se tipificarían dentro de la primera postura respecto a los usos de la interacción virtual que hemos enunciado con antelación.

         Paralelamente, nos podríamos encontrar dentro de las comunidades virtuales, con personas que ven en la colectividad virtual, un complemento de aquellas interacciones que las relaciones cara a cara no logran satisfacer, o bien que son reprimidas por la misma colectividad a la que pertenecen las personas en la vida física. Para este tipo de personas, que entrarían dentro de la segunda postura, el espacio virtual es un espacio social más, que conforma la amplia gama de interacciones sociales que puede llegar a tener la persona. [18]

Al respecto de estos dos rubros de personas, podríamos hablar de que el primer tipo, migra hacia los espacios virtuales con el afán ulterior de convertirlos en su único espacio social, pretenden convertirse en sedentarios virtuales. En cambio los segundos, ven al espacio virtual como uno más de los lugares que conforman la errancia cotidiana de la persona urbana, es tan sólo un callejeo más.[19] Sin embargo, aunque en grados distintos, los dos tipos de personas que hacen uso de las interacciones virtuales, buscan satisfacer un deseo que no pueden saciar dentro del entorno social tradicional; inconsciente o concientemente se perciben como discontinuos, como una obra inacabada, y tratan de encontrar en mayor o menor grado dentro del entorno social virtual esa parte que complemente la inconclusa obra que son. Y decimos que tratan de encontrar dentro del entorno social virtual esa plenitud del ser, pues como hemos visto en parágrafos anteriores, dentro del entorno social tradicional, el individuo es un anónimo que camina en las neblinas del mutis cotidiano; un ser invisible, inexistente para los demás, el que  ha ahogado un sin fin de pensamientos, sentimientos e ideas dentro de las apacibles pero peligrosas mareas de la soledad.

Sólo estos deseos personales  de quebrantar las barreras del anonimato dentro del espacio social urbano, pueden hasta cierto punto, darnos cuenta del por qué de los usos de los espacios sociales[20] del ciberespacio; como un medio de presentación de la persona o reconstrucción de la misma. Como un lugar catártico de soledades. Un vertedero de pensamientos olvidados. Espacio donde se liberan los demonios del yo que la sociedad se ha encargado de aprisionar. Estar conectado, es un momento en el cual los límites del cuerpo se olvidan. Es para algunos un cielo donde los sueños que la realidad ha quebrado, pueden ser realidad (o al menos simular que son reales).

         Todas estas intenciones enmascaran un solo propósito que busca cumplir la persona, ella quiere ser vista, quiere ser escuchada (en este caso leída), quiere que los demás sepan quiénes son o quiénes quieren ser; en pocas palabras, busca existir y como hemos visto, para existir se necesita el reconocimiento del otro. Marcando así una ruptura entre lo privado y lo público, pues lo que busca la persona es que eso que yace bajo el anonimato de la privacidad sea conocido por el mundo, es decir, que se vuelva parte del conocimiento público.

         Aunque los dos tipos de personas que hemos mencionado, realizan en menor o mayor grado este ejercicio catártico de transformar lo privado en público, por momento nos interesa centrar nuestro análisis en el tipo de personas que han sido seducidos totalmente por los encantos de las posibilidades que ofrece el ciberespacio; aquellos que buscan ser sedentarios en el espacio virtual. La razón de esta inclinación analítica, radica en que este tipo de personas convierten totalmente el ciberespacio en un medio mefistofélico que satisface sus deseos más ocultos. Más no sólo eso, sino que también, en su afán de búsqueda de otredad a través de las interacciones virtuales, caen en el exceso que los lleva al mismo punto de partida cargado de hacinamiento y soledad.

         No cabe duda que el ciberespacio es en muchos aspectos un espacio donde se transgreden muchos interdictos marcados por la realidad física; en él como hemos visto, no sólo se transgrede[21] la soledad y el silencio, que son formas establecidas de relación con el otro en la ciudad; sino que también se transgreden los limites que el cuerpo nos impone. Pues con la posibilidad de reconstruir la persona tanto en lo físico como en lo social[22], se rompen las barreras que, sin duda alguna, muchas veces evitan las interacciones sociales cara a cara. Por medio de está reconstrucción (cyber yo[23]) se olvidan todos los estigmas, las marcas impuestas por la sociedad se olvidan, se puede ser ese “otro yo”  que por alguna u otra razón no puede mostrase  en la realidad física. Es quizá éste el mayor de los encantos que el ciberespacio les ofrece a las personas, cada que encienden su máquina y se adentran dentro de los espacios sociales virtuales, expresan sus insaciables deseos más fáusticos, hacen una invocación al Mefistófeles cibernético, quien acude sin tregua ni pretexto, para cumplir la voluntad y el deseo de la persona.[24] Y realmente se logran romper por medio de estos medios mefistofélicos, los límites físicos, las posibilidades de ruptura son infinitas, el único límite es el deseo mismo.

         Es entonces que, en el desbordamiento del deseo mismo, se incurre en la abyección del deseo; pues la persona ya no gobierna los deseos, sino que los deseos son quienes la gobiernan. Así, el deseo corresponde a la infinitud de las posibilidades que el ciberespacio ofrece para saciarlo; es así que la persona, se vuelve una máquina imparable de producción de deseos virtuales, que para ellos se vuelven realidades. Es así que lo que comenzó como una búsqueda de una otredad que le brindara la existencia, se convierte en una extensión del borramiento del otro; el otro sólo se consume en aras de la satisfacción del propio deseo, sin importar el deseo del otro.[25]

         Tal vez, la mejor manera de ilustrar este borramiento del otro, lo podamos encontrar al hacer referencia a las interacciones sociales de carácter sexual o cyber sexo[26]. La cual muchas veces, representa un ejercicio erótico meramente personal, sin fundirse totalmente en el ser del otro, es lo que Bataille denominaría como un erotismo de los cuerpos (Bataille; 1992, 33). Un erotismo, que persevera en su egoísmo por el placer propio, la discontinuidad del ser, borrando así al otro.

         Es aquí donde notamos el carácter dual que tiene el ciberespacio con respecto a la búsqueda del otro. Pues por un lado, la persona se adentra en el ciberespacio buscando ser visto, es decir, existir. “Su mirada sobre mí me hace experimentar que existo para su conciencia y no sólo para la mía”[27]. Sin embargo, al mismo tiempo, al no tener una correspondencia física con el otro, al no sentir su mirada sobre mi ser, se pierde el sentido de la vergüenza social y el miedo a que nuestra cara social se derrumbe (Goffman). Es por ello que se percibe una interacción más libre dentro de las interacciones virtuales, se dicen cosas que quizá no nos atrevamos a compartir dentro de una interacción cara a cara tradicional. E irónicamente, se desarrolla una cercanía social que no corresponde a la distancia física que separa a los cuerpos interactuantes. Pero al mismo tiempo, se corre el riesgo de  perder el reconocimiento de la existencia de esa otredad. Realizando un paralelismo en donde la distancia social, correspondería a la distancia física.

         Y volvemos al punto de ver al otro, como un mero consumista de la información de lo que yo soy, sin interesarnos lo que él pueda aportar para la construcción de nuestro self. Y regresaríamos al otro a los limbos del anonimato, volviendo nosotros con él, claro está.

Así, llegamos al punto de emitir ciertas conclusiones al respecto de todo lo que hemos señalado en los anteriores parágrafos, mismas que no tienen el afán de ser concluyentes, sino más bien pretenden apuntalar algunos aspectos que servirán como punto de partida de los posteriores desarrollos del tema.

         Debemos en primera instancia, recalcar que la forma de relacionarnos dentro de la ciudad es una forma  distal y de mutuo anonimato entre el otro y el yo. Ha tenido repercusiones humanas, las cuales se pueden entender a la luz de las formas de apropiación del espacio virtual, como un espacio catártico de todas las soledades y silencios que llevamos en nuestro interior. 

         Asimismo, el que se busquen colectividades virtuales, nos habla de la emergencia del instinto gregario que subyace al interior de cada persona, más allá del ideal individualista de la modernidad, ideal que por medio de estás búsquedas de colectividad, se muestra como vacío y falaz, un desarrollo excesivo de la parte natural de insociabilidad que yace en el instinto humano.

         A su vez, el ciberespacio se presenta como un medio ideal para desarrollar el reconocimiento de la importancia de la otredad,  y por ende un respeto hacia su existencia. Sin embargo, también subyace la posibilidad de extender su anulación, dentro de los espacios virtuales. Todo ello depende de las condiciones y objetivos que deseemos satisfacer durante nuestras migraciones al espacio virtual.

         Por último, esta dualidad del uso del espacio virtual, como una forma de búsqueda de la otredad, nos habla de que aún estamos lejos de lograr que “El Deseo de Otro –la socialidad- nace en un ser al no le falta nada o, más exactamente, nace más allá de todo lo que puede faltarle o satisfacerle”[28]. Aun estamos lejos de producir “Deseos sin defectos”. Pero tal vez, el darnos cuenta de la discontinuidad de nuestro ser, y el volver la mirada hacia el otro, sea un buen comienzo para alcanzar tan noble ideal.

 

 

 

 

 


 

[16] Al respecto de dicha idea, se sugiere consultar: Turkle, Sherry, La vida en la pantalla. La construcción de la identidad en la era de Internet, Barcelona, Paidós, 1997.

[17] Castells, Manuel,  La galaxia..., Op. Cit., p. 19.

[18] Para comprender más está perspectiva, se sugiere consultar la obra de un declarado partidario de las comunidades vituales: Rehingold, Howard, La comunidad Virtual, España, Gedisa, 1996. Asimismo, se sugiere consultar: Winocur, Rosalía, “Internet en la vida cotidiana de los jóvenes”, México. UNAM –IIS, Revista mexicana de Sociología 68, Núm. 3. Julio-Septiembre, 2006.

[19] Con respecto a la noción de sedentarismo y nomadismo, en Berman, Morris “Historia de la conciencia. De la paradoja al complejo de autoridad sagrada. Santiago de Chile, Cuatro Vientos, 2004.

[20] Cuando hacemos referencia a los usos del espacio social virtual con miras a romper el anonimato urbano, estamos haciendo referencia a la práctica de construcción de páginas que contienen información personal. Desde descripciones de la persona, intereses, fotos, filosofías de vida, pensamientos, poemas, etc. Es decir, que estas páginas son representaciones que intentan convertir las cuestiones personales y privadas, en información pública. Existen incontables ejemplos que ilustran lo que mencionamos: hi5, contactos msn, myspace, second life, metro flog, todo tipo de blogs, chat´s en tiempo real, amoreux, son sólo algunos ejemplos ilustrativos. 

[21] Al respecto de la noción de interdicto y trasgresión, se sugiere consultar: Kisteva, Julia, Poderes de la perversión, México, Siglo XXI, 2006.

[22] Le Bretón, David, Adiós al cuerpo. Una teoría del cuerpo en el extremo contemporáneo,  México, La Cifra, 2007. pp. 138-154.

[23] Turkle, Sherry, La vida...,  Op. Cit. pp. 226-264.

[24] Goethe, Johann Wolfgang von, Fausto, México, Grupo Editorial Tomo. 2003. p. 73.

[25] Marzano, Michela, La pornografía o el agotamiento del deseo, Argentina,  Manantial. 2006.

[26] Para un análisis más profundo sobre la cuestión del sexo virtual, se sugiere consultar: Le Breton David, Op. Cit., pp. 157-171. Turkle, Sherry, Op. cit,. Cap. 8.

[27] En este aspecto, convenimos con Bilbeny, quien señala el papel fundamental de la mirada en la interacción social. Noción que en un principio, fue identificada por Simmel en su Disgresión sobre los sentidos, en Bilbeny, Norbert, La revolución en la etica..., Op. Cit., p. 63.

 

[28] Levinas, Emmanuel, Humanismo..., Op. Cit. p. 55